Qué es el Open Banking en México y cómo podría beneficiarte: lo que realmente compartes cuando conectas tus cuentas
Durante un tiempo llegué a tener mi dinero repartido en varios lugares.
Una cuenta donde recibía ingresos, una tarjeta en otro banco, una plataforma para invertir y alguna aplicación donde intentaba organizar mis gastos. Si quería saber cómo estaba realmente, tenía que abrir una app, después otra, sumar saldos, recordar qué pagos faltaban y tratar de construir mentalmente una sola fotografía a partir de información que estaba dispersa.
Por eso la primera vez que escuché hablar de Open Banking pensé que la idea era bastante sencilla: conectar todo y verlo en un solo lugar.
Esa es una de sus posibilidades, pero después entendí que el cambio importante no está en tener una aplicación más bonita.
Está en algo que normalmente permanece invisible:
qué datos puede compartir una institución financiera, con quién puede compartirlos y bajo qué condiciones.
Y en México esa diferencia es especialmente importante porque el concepto suele explicarse utilizando ejemplos de otros países y después asumimos que aquí funciona exactamente igual.
No necesariamente.
México tiene desde 2018 una base legal para desarrollar banca abierta a través de la Ley Fintech. Pero eso no significa que hoy puedas descargar cualquier aplicación y conectar automáticamente todas tus cuentas bancarias bajo un único sistema nacional completamente uniforme.
Entonces vale la pena empezar por lo que la ley realmente dice.
La Ley Fintech mexicana separa la información financiera en tres tipos
El artículo 76 de la Ley para Regular las Instituciones de Tecnología Financiera obliga a diferentes participantes del sistema financiero a establecer interfaces estandarizadas —las famosas API— para posibilitar el intercambio de determinados datos.
Una API puede entenderse como una especie de puerta tecnológica con reglas específicas. En lugar de que una aplicación necesite entrar a otra plataforma como si fuera una persona, ambas pueden comunicarse mediante una estructura preparada para intercambiar determinada información.
La ley mexicana distingue tres categorías.
La primera son los datos financieros abiertos. No contienen información confidencial del cliente. Pueden incluir, por ejemplo, productos que ofrece una institución, ubicación de sucursales, cajeros automáticos u otros puntos de acceso.
La segunda son los datos agregados. Son datos estadísticos sobre operaciones, pero sin un nivel de detalle que permita identificar las transacciones o información personal de una persona específica.
Y finalmente están los que probablemente más te importan como usuario:
los datos transaccionales.
Aquí hablamos de información relacionada con productos contratados a nombre de los clientes, como cuentas de depósito, créditos, medios de disposición y operaciones realizadas o intentadas.
La propia ley establece que esos datos tienen carácter de datos personales y que solamente pueden compartirse con la autorización expresa del cliente. Además, la información debe utilizarse únicamente para los fines que la persona autorizó y el acceso debe interrumpirse cuando retira su consentimiento.
Puedes consultar directamente el texto vigente de la Ley Fintech en la Cámara de Diputados.
Eso me parece mucho más interesante que la frase simplificada de:
“Open Banking significa que todos los bancos comparten tus datos.”
No.
La idea correcta es que existe infraestructura y regulación para que determinados datos puedan intercambiarse bajo condiciones establecidas, y cuando hablamos de información transaccional personal, tu consentimiento importa.
Entonces, ¿por qué todavía no veo todas mis cuentas juntas automáticamente?
Aquí es donde el contexto mexicano cambia la explicación.
Tener una ley que contempla banca abierta no significa que todo el ecosistema aparezca completamente terminado de un día para otro.
En 2020, la CNBV publicó disposiciones para las APIs establecidas en la Ley Fintech. Esas reglas abordaron específicamente el intercambio de datos financieros abiertos y establecieron, entre otras cosas, arquitectura, medidas de seguridad y un diccionario estandarizado para información de cajeros automáticos.
Puedes consultar las disposiciones oficiales sobre APIs publicadas en el Diario Oficial de la Federación.
Esto nos ayuda a entender algo que el artículo anterior estaba adelantando demasiado.
La Ley Fintech contempla una visión bastante amplia. La implementación práctica necesita además reglas técnicas, estándares, participantes que desarrollen conexiones, acuerdos, seguridad y servicios que utilicen esa infraestructura.
Por eso no daría por hecho que porque una aplicación diga:
“Conecta tus cuentas”
necesariamente está utilizando el mismo mecanismo estandarizado de Open Banking que imaginamos cuando leemos sobre otros mercados.
Hay que mirar cómo realiza realmente la conexión.
Imagina cómo debería sentirse una buena conexión desde tu lado
Supongamos que en el futuro —o dentro de un servicio que ya tenga una integración adecuada con determinada institución— utilizas una aplicación para analizar tus gastos.
La aplicación necesita conocer movimientos de una de tus cuentas.
Lo razonable sería que supieras claramente qué estás autorizando.
Por ejemplo:
Información solicitada: movimientos y saldos.
Institución: Banco X.
Finalidad: elaborar tu presupuesto.
Duración del permiso: determinada por las condiciones del servicio.
No debería bastar una pantalla diciendo:
“Acepto todo.”
sin que tengas idea de qué significa.
Y aquí aparece una diferencia que me parece importantísima.
Hay una cosa llamada compartir datos y otra muy distinta llamada autorizar movimientos de dinero.
Que una aplicación pueda consultar cierta información no significa automáticamente que deba poder transferir tus pesos, realizar compras o mover fondos.
La autorización concreta y las capacidades dependen del servicio y del marco bajo el que funcione.
Por eso, antes de conectar una cuenta, quiero saber si el acceso es únicamente de lectura y qué acciones exactas puede realizar la herramienta.
Las disposiciones de CNBV para datos abiertos, por ejemplo, establecen infraestructura de consulta en modo lectura y medidas como cifrado, autenticación, auditorías, pruebas de vulnerabilidad y separación de infraestructura.
Éste es el tipo de detalle que convierte la palabra “conectado” en algo que podemos evaluar.
Open Banking puede ser útil precisamente porque hoy nuestras finanzas están fragmentadas
Supongamos que tienes:
$18,000 en una cuenta de nómina;
$6,000 en otra cuenta;
una tarjeta con $14,500 de saldo;
otra con $7,000;
y $25,000 invertidos.
Si miras únicamente tu cuenta principal, podrías pensar:
“Tengo $18,000.”
Si miras únicamente las deudas:
“Debo $21,500.”
Pero una herramienta capaz de reunir correctamente la información podría ayudarte a observar una fotografía mucho más completa.
No porque la app sepa administrar mejor tu dinero que tú.
Sino porque elimina una tarea manual que hoy puede generar errores:
reunir los datos.
A partir de ahí se pueden construir herramientas que clasifiquen gastos, detecten pagos repetidos, muestren tendencias o ayuden a visualizar cuentas en diferentes instituciones.
También puede facilitar procesos donde hoy vuelves a entregar información que otra entidad financiera ya posee, siempre que exista la infraestructura y autorización correspondiente.
Pero aquí haría una distinción que para mí evita muchísimo humo tecnológico:
tener más datos no garantiza una mejor decisión.
Una aplicación puede reunir perfectamente todas tus cuentas y después darte una recomendación pésima.
La conexión resuelve el problema de acceso a información.
No sustituye tu criterio financiero.
Un crédito “más personalizado” tampoco significa necesariamente un crédito mejor
Uno de los beneficios que suele atribuirse al Open Banking es que una institución podría evaluar mejor a una persona si, con su autorización, tiene una imagen más completa de su comportamiento financiero.
Eso puede tener ventajas.
Imagina alguien que tiene ingresos constantes pero cuyo banco actual solamente conoce una parte de su actividad. Información adicional podría permitir analizar su situación utilizando más datos que los disponibles en una relación aislada.
Pero evitaría la frase:
“Open Banking hará que consigas mejores créditos.”
No existe garantía.
Más información también puede hacer que una institución evalúe determinados riesgos que antes no veía.
Y aun cuando recibas una oferta personalizada, sigue siendo necesario comprobar:
CAT;
tasa;
comisiones;
mensualidad;
plazo;
y costo total.
La tecnología puede hacer que una oferta sea más personalizada.
Eso no significa automáticamente que sea más conveniente.
Ésta es una regla que quiero mantener en todo Mi Finanzas Blog: una experiencia digital más sencilla nunca debe sustituir la revisión de las condiciones económicas del producto.
Y aquí aparece Open Finance, que en México tiene todavía más sentido
Open Banking y Open Finance suelen utilizarse como si fueran exactamente lo mismo.
Podemos pensar en Open Banking como una idea nacida alrededor de la apertura e intercambio de información bancaria.
Open Finance amplía esa lógica al ecosistema financiero en general.
Y aquí México tiene algo interesante: el propio artículo 76 de la Ley Fintech no se limita exclusivamente a bancos. Habla de entidades financieras, transmisores de dinero, sociedades de información crediticia, cámaras de compensación, Instituciones de Tecnología Financiera y otros participantes contemplados en la ley.
Por eso, en el contexto mexicano, Open Finance puede terminar siendo un término más representativo de la visión completa.
Imagina una fotografía donde no solamente aparecen:
cuenta de nómina;
tarjeta;
y cuenta bancaria,
sino eventualmente distintos componentes de tu vida financiera conectándose mediante esquemas autorizados.
Eso permite pensar en herramientas mucho más completas.
Pero nuevamente: una cosa es lo que permite o contempla el marco y otra asumir que todos esos datos ya están disponibles de forma estandarizada para cualquier aplicación.
No confundiría dirección de la regulación con producto terminado.
Antes de conectar una cuenta, yo revisaría el permiso como si fuera un contrato pequeño
Muchas personas somos extremadamente cuidadosas con nuestra tarjeta física y después aceptamos permisos digitales sin leer una sola palabra.
Yo intentaría cambiar eso.
No necesito leer cincuenta páginas cada vez que descargo una app, pero cuando voy a conectar información financiera sí quiero responder algunas preguntas.
¿Quién está pidiendo mis datos?
No solamente el nombre de la aplicación. ¿Qué empresa existe detrás?
¿Qué información solicita exactamente?
¿Saldo? ¿Movimientos? ¿Datos personales? ¿Información de créditos?
¿Para qué va a utilizarla?
“Mejorar tu experiencia” me parece demasiado amplio.
Quiero entender la finalidad.
¿Durante cuánto tiempo tendrá acceso?
¿Es una consulta única o continua?
¿Puedo revocarlo?
En datos transaccionales regulados por el artículo 76, la ley contempla la interrupción del acceso cuando el titular retira su consentimiento.
¿La app me está pidiendo mi contraseña bancaria directamente?
Aquí tendría mucho cuidado.
El modelo que queremos con APIs estandarizadas busca precisamente que las aplicaciones puedan intercambiar información a través de mecanismos diseñados para ello. Entregar las credenciales completas de tu banca electrónica a un tercero es una situación diferente y no la trataría automáticamente como “Open Banking seguro” solamente porque la empresa utilice esa palabra.
No compartiría NIP, token dinámico, contraseña bancaria ni códigos de autenticación con alguien que me contactó por WhatsApp, correo o teléfono.
La banca abierta no elimina las reglas básicas de seguridad.
También pensaría qué pasa cuando dejo de usar una app
Ésta es una pregunta que casi nunca hacemos.
Instalamos una aplicación.
Conectamos algo.
La utilizamos durante tres semanas.
Después queda olvidada en el teléfono durante dos años.
Antes de abandonar un servicio que tenía acceso a información financiera, comprobaría:
si la conexión sigue activa;
si puedo revocar permisos;
qué información conserva la empresa;
cómo puedo solicitar la eliminación cuando corresponda;
y qué dice su aviso de privacidad.
No asumiría que desinstalar la aplicación del teléfono equivale necesariamente a cancelar todos los permisos o borrar todos los datos almacenados.
Son acciones diferentes.
Esta simple revisión anual de aplicaciones conectadas puede ser tan útil como cambiar una contraseña.
Entonces, ¿qué puedes aprovechar hoy del Open Banking en México?
Yo no terminaría este artículo diciendo:
“Busca una app de Open Banking y conecta todo.”
Sería demasiado apresurado.
Lo útil hoy es empezar a reconocer qué tipo de servicio estás utilizando.
Si una fintech te ofrece analizar cuentas de otras instituciones, pregunta cómo obtiene esa información.
Si te ofrece una comparación personalizada de créditos, revisa qué datos necesita y después analiza el crédito exactamente igual.
Si una aplicación promete reunir tus finanzas, comprueba qué instituciones son compatibles y si la conexión es oficial, mediante API u otro mecanismo.
Y si quieres explorar empresas financieras digitales, ya tenemos una guía separada sobre fintech en México y cómo evaluar las distintas plataformas. Ahí tiene sentido analizar tipos de servicios y proveedores; aquí nuestro objetivo es entender qué ocurre con la información cuando diferentes servicios intentan conectarse.
Algo parecido ocurre con los pagos. Open Banking no es sinónimo de pagos digitales. Transferir dinero desde el teléfono es un tema diferente, aunque ambos formen parte de la transformación tecnológica del sistema financiero. Puedes profundizar en esa parte en nuestra guía sobre cómo los pagos digitales están cambiando las finanzas en México.
Así cada artículo tiene su propio trabajo.
Lo que realmente me interesa del Open Banking no es tener otra aplicación
Es tener más control sobre cómo puede moverse la información entre los servicios financieros que utilizamos.
Durante años nos acostumbramos a que cada institución conociera solamente la parte de nuestra vida financiera que ocurría dentro de sus propias paredes.
La banca abierta intenta crear puentes.
Pero un puente puede ser útil únicamente si sabes:
quién puede cruzarlo;
qué información transporta;
para qué la utilizará;
y cómo puedes cerrarlo cuando ya no lo necesitas.
México ya tiene desde la Ley Fintech una base que contempla APIs y tres tipos de información: abierta, agregada y transaccional. En esta última, que puede revelar lo que haces con tus productos financieros, el consentimiento del cliente no es un detalle menor: es parte central de la estructura legal.
Eso me parece mucho más importante que prometer que mañana tendremos una “superapp” donde mágicamente aparezca todo nuestro patrimonio.
Tal vez con el tiempo tendremos herramientas cada vez más integradas.
Pero como usuarios no necesitamos esperar a que llegue ese futuro para aprender la pregunta correcta.
Cada vez que una app financiera nos diga:
“Conecta tu cuenta”,
antes de aceptar podemos preguntar:
“Exactamente, ¿qué estoy permitiendo que vea y para qué?”
Entender esa respuesta es, para mí, la verdadera ventaja de conocer cómo funciona el Open Banking.
No conectarnos a todo.
Saber qué estamos conectando.
Este contenido tiene fines educativos e informativos y no constituye asesoría financiera, jurídica o tecnológica personalizada. La regulación y la implementación técnica de las APIs financieras pueden evolucionar. Antes de compartir información financiera con una aplicación o servicio, revisa quién lo opera, qué datos solicita, las finalidades del tratamiento, las medidas de seguridad, el aviso de privacidad y las condiciones vigentes. Para información normativa, consulta directamente la Ley Fintech, la CNBV, Banco de México y demás autoridades competentes.



